martes, 11 de marzo de 2008

galletas y tesoros


Cuando era pequeño cogí todos mis tesoros, los metí en una caja de metal de galletas y la enterré a los pies del roble del jardín de casa de la abuela, entre sus raíces.

Mis tesoros.

Mis tesoros eran cachivaches que nadie quería y que yo había recogido y descubierto que eran maravillosos. Todos eran especiales y todos servían para algo. Y nadie, excepto yo, parecía haberse dado cuenta de para que servían.

Una vez un hombre tiró una bombilla de linterna al suelo, la cogí y me la guardé en el bolsillo.
Más tarde, por la noche, cogí la linterna que tenía debajo de la cama y le puse la bombilla. No se encendió, así que le di unos golpecitos, porque a veces mi linterna se encallaba, las pilas no hacían contacto y no daba luz. Enseguida se encendió. Pero aquella luz no era normal. La luz no salía en línea recta como una bombilla normal hubiera hecho, sino que se movía!!! Me quedé estupefacto y apagué la linterna. Tenía miedo que explotara. Nunca se sabe.
Al cabo de un rato la volví a encender pero hacía lo mismo. Así que la proyecté hacia el techo y me quedé mirando la luz que se movía de un lado a otro de la habitación. Entonces empezó a cambiar de color. Del amarillo al rojo, del rojo al azul, del azul al morado, del morado al verde...
Un montón de colores se reflejaban en las paredes, el techo y el suelo de la habitación. Decidí que aquella era una bombilla mágica. Y que tenía que tener alguna utilidad o alguna función. Llevaba la linterna siempre encima y la iba encendiendo enfocando a todas partes para ver si pasaba algo más. Pero nunca pasaba nada.
Un día, volviendo a casa de la escuela, encontré un cuaderno tirado en el suelo. Tenía las tapas de color granate con letras chinas plateadas. Lo recogí y al llegar a casa le eché un vistazo. Menuda sorpresa cuando vi que estaba lleno de historias y cuentos. Estaba escrito en letra muy pequeña y costaba mucho leerlo pero a mi me gustó que fuera así porque pensé que si la letra fuera más grande el espacio estaría desaprovechado y no habrían cabido tantos cuentos.

Empecé a leer el primero, pero entonces mamá entró en la habitación y me obligó a que saliera a jugar al jardín “porque hacía un día demasiado bonito para quedarse en casa”. Así que dejé el libro en el escritorio y me fui a jugar con “Chispita”, nuestro perro, como hacía cada vez que mamá me “obligaba a jugar fuera”.

Por la noche, mientras cenábamos, estuvimos viendo una película de dos niños que recorrían el país de punta a punta para ir a un concurso de tartas de manzana. Me pareció muy aburrida.
Así que le di un beso a papá, le dije “buenas noches” a mamá (a mamá no le gustaba que nadie excepto papá le diera un beso) y me subí a mi habitación a jugar con mis nuevos tesoros.
Como ya era de noche y se suponía que tenía que estar durmiendo, decidí leer mi cuaderno de cuentos alumbrado con la linterna. A lo mejor era un poco difícil, porque la luz no estaría quieta, pero seguro que sería divertido.
Me metí debajo de la sábana, encendí la linterna y la luz empezó a corretear por la cama. Parecía como si un montón de luciérnagas de colores estuvieran dentro de mi cama, así que al principio me dio un poco de asco, pero sabía que no había ningún bicho allí, así que dejé de pensarlo y ya no me dio asco. Cogí el cuaderno y lo enfoqué con la linterna o al menos lo intenté. Era imposible que la luz estuviera quieta en un solo punto. Parecía como si ella fuera demasiado importante para permanecer en el mismo sitio más de dos segundos seguidos.
Y entonces, al abrir el cuaderno, sucedió algo.

La luz, que en ese momento era roja y me alumbraba los pies, se quedó quieta. Parecía como si estuviera esperando algo. Y al pasar la primera página, que estaba vacía, la luz vino poco a poco hacia mí, hacia el cuaderno, como si tuviera miedo y se quedó quieta alumbrando la primera palabra de la primera página del primer cuento. Poco a poco fue cambiando de color y a medida que cambiaba de color, las letras de la página cambiaban también a ese color. Cuando todas las letras se habían vuelto rojas, azules, amarillas, negras, verdes, moradas, rosas… o de cualquier otro color, la luz de la linterna se volvió blanca...

Aquél día descubrí que tenía una bombilla mágica que cambiaba las letras de color.

Otro día encontré en el desván de la abuela un espejo. Pero no era un espejo normal porque cuando me miré no me vi reflejado. Al mirar veía lo que había detrás del espejo, como si por detrás fuera transparente y no de madera. Al principio no me pareció muy útil, pero descubrí que era un espejo para mirar a través de la madera, por lo tanto podía mirar a través de las puertas sin necesidad de abrirlas. Gracias a eso me enteré de cosas súper importantes, como dónde guardaba mamá el chocolate o qué hacían las hormigas cuando se metían debajo del suelo de madera del porche de la abuela.


También encontré un lápiz que sólo escribía cosas que fueran verdad y me fue muy bien para los exámenes del cole porque cuando algo no lo sabía el lápiz no me dejaba que me lo inventara y pusiera tonterías o si no me acordaba muy bien de alguna fecha iba escribiendo posibilidades hasta que al fin daba con ella. También descubrí que con ese lápiz podía saber si alguien me estaba diciendo la verdad, como aquella vez que Juan Belmonte me dijo que tenía 500 canicas en su casa. Pues era mentira.

Y tenía un montón de tesoros más. Y sabía que muchas de aquellas cosas eran útiles, de hecho para mí se habían vuelto imprescindibles, pero también sabía que no todo el mundo tenía tesoros como esos en sus casas y que teniéndolos tenía ventaja en muchas cosas. Me parecía injusto y por eso al cabo de mucho tiempo de utilizarlos, decidí enterrarlos. No era que no fuera a utilizarlos nunca más, algún día volvería a desenterrarlos, pero por el momento los guardaría en un lugar seguro para que nadie me los pudiera quitar.

El verano pasado estaba una tarde con la abuela en el jardín y, mirando el roble, me acordé de todos mis tesoros. ¿Cómo podía haberlos olvidado? Le conté a la abuela toda la historia. Ella era la primera y única persona a la que he contado esta historia y se quedó muy sorprendida. A los dos nos entraron unas ganas enormes de desenterrar la caja de galletas-tesoros. Aunque en su momento, se habían convertido en cosas cotidianas, ahora, después de tantos años, me parecían maravillosas.
Así que cogí una pala y empecé a excavar la tierra debajo del roble. Al cabo de poco rato la pala golpeó algo, haciendo un ruido metálico. La emoción hizo que la abuela y yo diéramos un respingo. Enseguida saqué la caja de su escondrijo. La limpié de tierra y la estuve observando durante bastante rato. La verdad es que la recordaba mucho más grande, como si fuera un baúl, pero no era más que una caja de galletas y por tanto, tampoco podía ser muy grande.

Al abrirla encontramos todos los tesoros que había guardado cuando era pequeño. Allí estaba la bombilla, el espejo, el lápiz, las pinzas de tender, el monedero, la canica, el muñeco, el cuaderno, la radio… todos mis tesoros mágicos.

Se los enseñé a la abuela, pero todos aquellos tesoros habían dejado de funcionar. Ni uno solo de ellos había conservado su magia. Intenté colorear las letras del cuaderno, intenté mirar a través del espejo, escribí una mentira, no pude guardar un consejo en el monedero… no funcionaban. La rabia hizo que tirara todos aquellos trastos inútiles al suelo y me puse a llorar de rabia. La abuela me abrazó, me meció y me dijo que no me preocupara, que aquellos objetos habían cumplido su función en su momento y que si ahora habían dejado de funcionar era porque ya no me hacían falta, que gracias a ellos, había aprendido muchas cosas cuando era pequeño y que ahora era el momento de dejar que otros los encontraran y descubrieran su magia.

Así que eso hice. Recogí todos los tesoros y fui por toda la ciudad dejando cada uno de aquellos objetos en algún lugar. Ni muy escondido, ni muy a la vista, para que alguien que investigara un mínimo los encontrase. Los iba dejando cerca de lugares donde solían haber niños, en el patio de un colegio, cerca de la tienda de helados y la de golosinas, medio enterrado a los pies de un árbol en el parque…

Me sentía triste por haber perdido todos esos objetos que pensaba que me ayudarían tanto de nuevo, pero me sentí mejor al pensar que ahora servirían para que otro niño o niña descubriera cosas nuevas de la vida. Además, a mí ahora ya no me servirían para nada, porque había aprendido todo lo que esos objetos me tenían que enseñar.

Así que, si por casualidad estáis leyendo esto y habéis encontrado uno de mis tesoros, utilizadlos un tiempo, pero no os quedéis con ellos cuando ya no funcionen. Aunque seguro que cuando no funcionen pensaréis como yo y querréis compartirlos con otros como nosotros…

detrás de la cortina

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