lunes, 30 de junio de 2008

30 de junio de 2008

Buenos días,

Hoy es lunes 30 de junio de 2008, son las 13.20, las 11.20 en Dubái.

Hace por lo menos 4 meses que no escribo una efeméride y es que en el trabajo las cosas han cambiado bastante. Desde que saben que soy genial, me tienen explotado y tengo bastante trabajo. Además me cambiaron de sitio y donde estoy ahora estoy en el punto de mira de media oficina, y como todos se han dado cuenta de lo interesante que soy y de lo fascinante que es mi vida, no me quitan ojo. En fin, hoy, un poco relajado voy a escribir una de mis tan aclamadas efemérides. Hacía ya tiempo que me rondaba por la cabeza, lo echaba de menos. Y sé que vosotros también, fanes míos.

Hoy es San Marcial, nombre que viene del latín (Marcualis) que tiene un curioso significado: “guerrero que procede de Marte o nacido bajo el signo de Marte”
Maravilloso, sin duda, imaginaos que gracia nos haría que ahora empezaran a llegar guerreros procedentes de Marte. A ver, sinceramente, que vengan seres extraterrestres a la Tierra, pues me parece bien, siempre que vengan en son de paz y no nos fastidien la existencia, claro, así que guerreros… NO, no nos gustan. Pero los Marciales, sí, sobretodo éste.

De hecho hoy podemos enlazar el tema de la onomástica con el de los hechos históricos ocurridos hace algunos años y es que en un día como hoy de 1522 en la Batalla de San Marcial los francos-navarros que luchaban por la independencia del Reino de Navarra fueron derrotados. Pero esa fue la primera de 3 Batallas de San Marcial. Qué lío. Espero que en los exámenes las diferencien al hacer alguna pregunta sobre ellas, porque si no, vaya cacao… todos suspendidos…

En 1908 cayó el meteorito de Tunguska en Siberia que causó una explosión equivalente a 500 bombas atómicas. Esas son muchas bombas, así que no me extraña que algunos científicos rusos afirmaran que en verdad ese meteorito era un OVNI, cosa que siendo el día de San Marcial, recordemos “guerrero que procede de Marte”, no me extrañaría nada.

Y un día como hoy en España se aprobó la ley que modificaba el código civil permitiendo a personas del mismo sexo contraer matrimonio. Esto les vino muy bien a los Paudios que pudieron hacer realidad uno de sus sueños. Ser marido y marido y tener dos hijas felinas a las que llamar Paulina y Shakira. Maravilloso.


En 1863 nacía Henry Ford, el fundador de la compañía de automóviles Ford. Algunos años más tarde, en 1975 nacía Ralf Schumacher. Esto va de coches amigos, y aprovechando la ocasión me gustaría recordar que el 10 de Julio, en 10 días, vamos, es mi cumpleaños y un buen regalo sería un buen coche, no vale una chatarra, para más información, mi fotolog, con todos los gastos de por vida pagados, claro.
También hoy es el cumpleaños de Mike Tyson, el ex-boxeador caníbal cuyo plato favorito es la oreja de su contrincante.
Y también es el aniversario de un par de directores y actores, pero no me apetece hablar de ellos, porque entonces me lío y acabo hablando de lo que no debo.


Y el chiste de hoy va de angelitos y es realmente bueno, para quien le gusten los chistes malos, claro…

¿Por qué los ángeles se ríen tanto?
Por la gracia de Dios.

Ala, se acabó por hoy, más que nada, porque ha llegado mi hora de comer y mis tripas se están quejando sobremanera.

Que lo disfruten.

domingo, 8 de junio de 2008

la infancia es la patria de todos



Samuel, mirándose al espejo, recordaba todo lo que de pequeño había soñado y deseado que se hiciera realidad cuando fuera mayor. Se acordaba de su juguete favorito, una cometa que hacía volar en el jardín de detrás de su casa los días en los que el sol parecía que fuera a estar ahí para siempre. Se acordaba de sus padres, familiares y amigos, que tantas veces le habían acompañado en sus ires y venires.
Recordaba especialmente aquel viaje de sus sueños, el que había hecho hacía justo un año. Las calles de Ciudad Esperanza rebosaban de alegría, de colores y de gente animada. Sus playas, de cristalinas aguas y cielos violáceos al atardecer habían sido el lugar perfecto para expulsar las incertidumbres, los dolores y los infortunios de los últimos años. Sus parques y jardines, repartidos por doquier habían sido un perfecto compañero para las tardes de merienda, tardes que sirvieron para hallar un nuevo enfoque de su, hasta entonces, según creía él, carente de sentido vida.
Una de esas tardes, cuando llevaba en la ciudad más de dos semanas, había ido a comer, como cada sábado, al Café Regional. Mientras saboreaba el delicioso merengue de limón, se había acercado a su mesa un niño, de grandes ojos verdes y misteriosos y había dejado en ella un pequeño tren de madera. El niño estaba jugando y no se había dado cuenta que en esa mesa había alguien. Y Samuel, se había quedado mirando aquel tren. Le recordaba mucho a uno que tenía cuando era más o menos de la edad de aquel niño. Lo cogió y lo estuvo mirando un buen rato y cuando había querido devolvérselo al niño, éste había desaparecido.
Al salir del Café se había puesto a pasear, como siempre, sin rumbo, con la intención de cruzarse con algún jardín donde pasar la tarde. Después de un rato encontró uno, precioso y pequeño. No había estado nunca en él. Nunca lo había visto. Y estaba convencido que no era la primera vez que había pasado por esa calle. El jardín no era muy grande, pero aún así parecía enorme. Era como si permaneciera ajeno a todo lo que le rodeaba. Era una plaza circular, con arbolitos alrededor y en el centro una fuente con una estatua de Chronos, dios griego del tiempo. Había dos mirlos blancos bebiendo agua. Aquella fuente tenía algo mágico, algo cautivador. Chronos estaba representado como un ángel de enormes alas, con barba y cabellos largos y rizados sentado en el borde de la fuente, como esperando el pasar de los tiempos. No se oía ningún ruido y Samuel se sentó en un banco frente a la estatua. Observó cada detalle de su barba, de sus rizos, de sus alas… Se acordaba que la había estado mirando bastante rato, hasta que algo llamó su atención. Alguien se había acercado sin hacer ruido y se había sentado a su lado.
-¿Quién eres? – le dijo, mirando al niño de grandes ojos verdes y misteriosos que había visto en el Café.
-¿No te acuerdas de mí?- contestó con una voz familiar.
-Claro que me acuerdo. Te has olvidado el tren en el Café Regional. – dijo, sacándose el trenecito del bolsillo.
-Te has olvidado de cuando soñabas con volar, mientras jugabas con tu cometa. Te has olvidado de cuando soñabas que viajabas en este tren y mirabas los paisajes a través de sus ventanas. Te has olvidado de mí.
Samuel se había sentido mareado, la cabeza le daba vueltas y no podía creer que ese niño pudiera estar realmente hablando de su infancia. Los recuerdos eran confusos, borrosos, creía recordar esos detalles, pero no estaba seguro. Ese niño, tan parecido a él mismo le había hecho pensar que podría ser él mismo. Con un susurro, como si estuviera muy lejos, y no a su lado, había escuchado la vocecita de aquel niño que le había dicho:
-Cuando me recuerdes, volveré a ti.


Se había despertado tiritando de frío, tumbado en el banco del jardín de Chronos. Había estado soñando. O tal vez no.

De camino al hotel pensó en muchas cosas. Estaba contento de cómo sucedía su vida, por supuesto, pero había dejado muchas cosas abandonadas durante el camino. Sueños en los que, de pequeño, había creído ciegamente.
Al llegar al hotel había llamado al servicio de habitaciones, pero nadie contestó. Tenía hambre y quería algo para cenar. Decidió cenar fuera, en el puerto, quizás, contemplando los barcos que salían a pescar al atardecer con sus diminutas lámparas.
Al salir del hotel vio una flecha pintada con tiza en la acera. Al mirar en esa dirección observó otra flecha pintada en la pared indicando doblar la esquina. Decidió seguir esa dirección y en el siguiente cruce de calles, había encontrado otra flecha señalando otra dirección. Dudó si seguirla o no, pero al final decidió hacerlo. Las flechas le habían hecho cruzar toda la ciudad hasta el límite oeste, el que daba a la playa.
A aquella hora, ya estaba anocheciendo y el sol se ocultaba tras la línea del mar, tiñéndolo de rojo. Era como si estuviera en llamas. Hacía tiempo que no había visto nada igual, tan hermoso y sobrecogedor, casi se le cortaba la respiración y de repente, la luz empezó a cambiar y a colorearlo todo de lila. Un destello apareció por encima del mar y unas escaleras hechas de estrellas y nubes empezaron a formarse delante de Samuel.
Las había subido hasta arriba del todo, maravillado de todo lo que veía.
Puntos de luz, como luciérnagas, se desplazaban de un lado al otro emitiendo brillos de colores olvidados hace mucho tiempo por las personas. Pequeñas nubes juguetonas del tamaño de una canica se enredaban en sus rizos y le parecía oírlas reír en sus orejas. Todo se había convertido en una espiral de luces, colores y sonidos que había empezado a marearle, pero se sentía tan seguro, tan a gusto que no quería que aquello terminara. Por supuesto, tenía que terminar y cuando recuperó la noción del tiempo y el espacio se encontró en la habitación donde tanto tiempo había pasado cuando era pequeño.
El niño del Café estaba jugando con su tren y le dijo a Samuel que jugara con él. Estuvo mucho rato jugando con el niño. Jugaron con el tren, se imaginaron grandes viajes a través de todos los países conocidos y otros que se inventaron. Jugaron con los muñecos que su madre le había traído de un viaje que había hecho a la China, aquel país que él se había imaginado lleno de colores y olores nuevos. Incluso jugaron con aquel caballo al que su perro le había arrancado las patas y que ahora volvía a estar entero. Salieron al jardín y jugaron con la cometa. La hicieron volar y se imaginaron volando como pájaros. Samuel había vuelto a ser un niño. Disfrutaba con cada juego como si fuera la primera vez que jugaba y estuviera descubriendo un mundo nuevo, de risas, colores y magia.
Y cuando se cansaron de jugar hicieron planes de todo lo que querían hacer cuando fueran mayores. Hablaron de sus viajes, de los sitios que iban a visitar y las personas que iban a conocer, de todo lo que iban a comer, de los colores que verían, de los olores que olerían… Dejaron volar su imaginación hasta que no pudieron más y se quedaron dormidos.
Cuando despertaron se prometieron que nunca más se olvidarían de las cosas que habían soñado y que siempre estarían juntos.
Los niños se despidieron y Samuel volvió a bajar por las escaleras de luces y colores, estrellas y nubes. Volvía a ser adulto.
Aquella noche había decidido terminar el viaje y volver a casa y empezar a construir la vida que quería.
A partir del día siguiente, había empezado a cambiar algunas cosas. Había dejado el trabajo, que tantas horas le había robado durante los últimos años. Había cambiado la relación con sus seres queridos y había descubierto que muchos ya no eran tan queridos, y que no le aportaban nada a su vida. Había empezado a viajar con más frecuencia, visitando todos esos sitios con los que había soñado, descubriendo todas las cosas que sólo había imaginado. Había conocido a gente nueva, gente que le había enseñado cosas nuevas. Gente con la que compartía algo más que falsas ilusiones.

Echaba la vista atrás y su vida había cambiado tanto... Era un adulto con el espíritu de un niño. Había encontrado una nueva forma de vida, un camino a seguir. El camino de los adultos que siguen teniendo la ilusión de los niños.
Sólo había hecho falta una noche, una sola noche, para cambiar su forma de ver la vida, para recuperar aquella forma de ver la vida que tenía cuando era pequeño.
Había encontrado el camino y sabía que nunca más lo iba a perder de vista, porque ahora sabía quién era, qué quería y cómo lo quería.
Frente al espejo recordaba todas esas cosas mientras nubecillas del tamaño de una canica se enredaban en sus rizos.
Y sonreía.
Sonreía porque era más feliz de lo que jamás había sido.
Sonreía porque había estado atrapado en el mundo de los adultos.
Sonreía porque había sabido escapar de esa trampa.
Sonreía porque se había reencontrado con el niño que había sido.
Sonreía porque sabía que la infancia es la patria de todos.
Sonreía porque ahora era feliz.



(ya lo sabes, este cuento es para ti)

lunes, 2 de junio de 2008

dorado y rojo



Me desperté soñando.
La casa había empezado a temblar, el aire se llenaba de gritos por momentos y en las paredes empezaron a aparecer enormes grietas que recorrían toda la altura de los gruesos muros de la casa. De las grietas había empezado a salir lo que parecía una enorme masa gris. La cercanía de una de las grietas encima de mi cabeza, me permitió ver qué era esa masa. Eran cientos de cucarachas. De color gris. Los bichos habían empezado a invadir la habitación y cubrían todos los rincones. Se habían empezado a amontonar, moviéndose nerviosas, intranquilas, mientras el techo se movía de manera que parecía que, en cualquier momento, fuera a desplomarse. El nivel de las cucarachas había empezado a subir y subir cada vez más. Cómo un océano. Habían llegado a la altura de la cama y de repente mi cuerpo se vio elevado unos centímetros por encima de la cama, como flotando, como volando. Nadaba entre ellas. Volaba en ellas. Era una sensación extraña, pero no era para nada desagradable.
De hecho, me sentía seguro.
Poco a poco, las cucarachas me fueron deslizando fuera de la cama, por la habitación, como si llevaran un rumbo fijo, una dirección.
Me llevaban, pasando por todas y cada una de las habitaciones de la casa. Al pasar por ellas, las cucarachas, como si cada una de ellas fuera un diminuto aspirador de colores como el del sueño anterior, iban aspirando y adoptando el color de todas las cosas que tocaban a su paso.
El destino era la cocina. Lo vi claro. Tenía que ser así.
De repente, me encontré dando vueltas sobre mí mismo, mientras notaba como la altura a la que me encontraba era cada vez menor. Suavemente, fui posado en el suelo.
Las cucarachas habían desaparecido, dejando tras de sí, una casa gris, sin colores, muerta.
Y estaba en frente del armario de la cocina. O mejor dicho, y una vez más, donde debería haber estado el armario de la cocina. Delante de mí, la puerta negra, abierta de par en par y una luz rosada saliendo de ella en espiral se fue acercando, rodeando mi cara, envolviendo mi cuerpo en un manto de tranquilidad, serenidad y paz.
Entonces mi cuerpo empezó a estremecerse, a temblar, a convulsionarse. De mis manos, de mis pies, de mi pecho, de mi cabello, de todo mi cuerpo salía un millar de hilos de luz de todos los colores posibles que se posaban delicadamente en cada uno de los objetos de la casa llenándola de nuevo de color. De mi color.
De repente, me desperté.
Las manos llenas de astillas clavadas y sangre manando de ellas por doquier.
El armario de la cocina, destrozado en el suelo, roto, despedazado, arrancado de la pared con las manos vacías, lleno de sangre…
Y yo, delante de la puertecita de hierro.
Abierta.
Una sonrisa dibujada en mi cara.
Una risa cortando el aire.
Un petirrojo cantando al alba.
Un huevo en mi mano.
Dorado y rojo.
Abierto, pero no roto.
Abierto, pero entero.
Abierto, pero vivo.

detrás de la cortina

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