miércoles, 6 de agosto de 2008

aquellas pequeñas pastillas

En la última época los dolores de cabeza habían aumentado. Por las tardes, cuando llegaba a casa y se relajaba, olvidándose de las preocupaciones del día, de su trabajo y de sus obligaciones, se sentaba en el sofá, ligeramente mareada y poco a poco, una sensación de vértigo se apoderaba de su cabeza. Poco a poco, aquel incesante martilleo se iba haciendo más agudo. Era en ese momento cuando, en casa con las luces apagadas, las puertas y ventanas cerradas y las persianas bajadas, pensaba en que aquello no estaba bien, que no podía seguir permitiendo que le sucediera y que tenía que hacer algo para remediarlo.

Había pensado en ir al médico a que le miraran aquella, según ella, loca cabeza que le daba tantos problemas y dolores. Sin embargo, varios doctores la habían mirado y no habían visto nada extraño. Pero ella sabía que algo no funcionaba bien. La sensación de algo que se le escapaba de las manos era intensa, como aquella vez en la que su madre le había abofeteado por intentar cortarle el pelo al gato con unas tijeras de cocina o esa creían que era su intención. De pequeña siempre había tenido animales en casa pero a ese gato nunca lo había querido. Se llama Pulgas y su hermano mayor lo había recogido un día volviendo del colegio. Cuando lo trajo era feo, escuálido y con el pelo caído a trozos. Enseguida que lo vio, Violeta vomitó de asco. Sus padres también la habían reñido aquella vez por vomitar en las escaleras de la entrada. Después habían hecho venir a Dolores, la señora que siempre había servido en casa, y mientras ella limpiaba el vómito, a Violeta le habían hecho mirarlo todo desde el suelo, sin poder moverse. Los olores que se desprendían del vómito del suelo, de la falda de seda y de su propia boca se elevaban al cielo, se los imaginaba como un vapor rosa que ascendiendo y ascendiendo en algún momento llegaban a una nube, donde, por arte de magia se convertían simplemente en color y teñían de rosa esas nubes en el cielo que aquel día era más bonito que nunca y, a pesar de la desgracia que sentía, se alegraba de poder observarlo. Más tarde, cuando ya se había duchado, lavado los dientes y cambiado de ropa se fue a la cocina a buscar algo para comer. Tenía el estómago vacío y un constante run-run le recorría el cuerpo como una serpiente enfurecida a la que su presa la ha cegado en un momento de descuido y quiere desesperadamente volver a ver y recuperarla. En la cocina no había nadie. Roberta, la cocinera debía haber salido a hacer alguna compra de última hora para la cena y Federico, su sobrino, que algunas veces la ayudaba, hoy estaba trabajando en la ferretería de su tío. De vez en cuando le ayudaba en la tienda y algunas tardes, cuando aún era pronto para cenar y tenía un rato para jugar, se pasaba por la tienda a hablar con él. Le gustaba hacerlo, era de los pocos chicos de la ciudad con los que se podía hablar de cosas normales. Además era muy guapo y Violeta, mientras hablaban, se imaginaba que algún día podría robarle un beso…. Ya estaba ensoñando de nuevo…

Volviendo a la cocina se fijó que allí estaba el gato, bebiendo de un cuenco donde le habían puesto agua, tan tranquilo, como si llevara en esa casa toda la vida. Violeta seguía sintiendo arcadas cuando lo veía. El gato se acercó donde estaba ella y empezó a frotarse y a maullar. Violeta bajó la mano y dejó que se la oliera. El gato parecía estar cómodo. Cogió las tijeras de cocina y se sentó en el suelo. El gato siguió frotándose con ella y enseguida se le sentó entre las piernas. Violeta pensó que el gato estaba demasiado feo con el pelo caído así que empezó a cortarle algunos mechones de pelo. Al principio el gato se movía y hacía que cada corte fuera más difícil, pero Violeta lo calmó y se quedó quieto mientras ella lo preparaba. Tenía que luchar contra el asco que le daba ese gato. Era una lucha feroz entre el deseo de matarle y el asco que le daba. Aquella idea le vino de golpe a la cabeza. Solo quería matar al pobre gato. Pero su madre había entrado en la cocina antes que Violeta hubiera terminado de cortarle el pelo, así que todo se fue al garete.

Cuando el dolor era más punzante le venían a la cabeza recuerdos de ese estilo, como recordándole quien era y las cosas que había hecho. Se levantó para ir a buscar una de aquellas pastillas que le dejaba traspuesta un par de horas, semi inconsciente. Las tenía en su mesita de noche, tenían un efecto tan rápido que debía estar cerca de la cama si no quería caerse al suelo. Abrió el frasco y se quedó mirándolo un buen rato, estaba entero, lo había comprado el día anterior. Pensó que aquellas pequeñas pastillas eran demasiado pequeñas para venir en un frasco tan grande donde cabían tantas. Así era muy fácil cometer un accidente y dejarse llevar por la depresión, tomárselas todas y sucumbir al sueño eterno. Se llevó el frasco al baño y empezó a tomar una pastilla tras otra, mirándose en el espejo con cara de circunstancias. Pronto el dolor desaparecería, ya le estaba entrando la modorra que precedía al sueño inducido por las pastillas. Las últimas tomas fueron de varias pastillas a la vez. Antes de caerse al suelo, se las había tomado todas. El golpe en la sien con el canto de la bañera hizo que su plan resultara perfecto.

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