miércoles, 15 de abril de 2009

la Maldición

El Vigía acababa de llegar al callejón. Era demasiado tarde para evitar que la Madre Rosario desatara, sin quererlo, la Maldición. Pero no era demasiado tarde para evitar que la plaga se extendiera.
Con un ligero pero amplio movimiento de sus brazos trazó un círculo en el aire. Alrededor de los damnificados se formó una especie de cúpula dorada que los rodeaba y contenía. Poco a poco, la cúpula fue estrechándose y apilando en su interior a los pobres desgraciados. Los gritos desgarradores se podían oír a kilómetros de distancia y con ellos, una sensación de desesperación que penetraba en cada rincón del alma de quien pudiera estar escuchando.
Un chispazo en el interior del semicírculo, indicó que había llegado el momento de actuar. Lanzando un rayo de plata a su interior, transformó a todos los aldeanos en una sola figura, la figura que estaba detrás del malvado plan.
Esperando ver un ángel de alas negras, un dragón o una serpiente, se sorprendió mirando frente a frente un niño pequeño de dorados rizos y sonrisa temblorosa. Le miraba vacilante, con miedo en sus grandes y destellantes ojos azules.
Aquello sólo podía significar dos cosas. La primera, que las Señales que había recibido el Oráculo no fueran las que estaban esperando y aquello no fuera nada más que una pequeña travesura de algún angelito revoltoso y aburrido o que Lucifer hubiera adoptado una nueva forma para presentarse en la tierra y engañar así a cualquiera que quisiera oponerse a sus planes.
Una situación crítica.
¿Y ahora qué debía hacer?
Si se lo planteaba demasiado, el tiempo necesario para ello supondría una ventaja para su enemigo y podría perder la oportunidad de terminar con el Mal de una vez por todas.
Si acababa con aquel pequeño gamberro libraría al mundo de una posible amenaza que llevaría a la destrucción de Todo, pero si al final resultaba que sólo era una gamberrada del chiquillo, no podría revertir su hechizo, destruyendo así la vida de los inocentes aldeanos.

martes, 14 de abril de 2009

remolinos

El posadero apareció muerto 3 días después al final del oscuro callejón.
Su cuerpo estaba lleno de arañazos y magulladuras, su ropa, ensangrentada y su cara tenía una expresión de pánico. En medio de la frente tenía un agujero por donde todavía salía expulsado algún que otro borbotón de sangre. Sus ojos ya no eran marrones. Eran completamente negros. Sus cuencas daban la impresión de estar vacías. Y una mancha de sangre oscura se extendía a su alrededor.
A su lado el cuerpo de su mujer empuñando un cuchillo de cocina había quedado convertido en piedra. Su expresión era aún más terrorífica que la de su marido. Sus ojos, ahora de piedra, parecían llenos de terror.

La gente se arremolinaba en torno a la macabra figura. Sus caras reflejaban sentimientos de asco, terror, dolor… Entonces se escuchó una carcajada que se elevó por encima de todas las demás voces. Era una risa desagradable que helaba los huesos. Alguien estaba disfrutando con todo aquello. Descubrieron, al darse la vuelta y mirar, que quien se estaba riendo de esa forma tan grosera e irrisoria era la Madre Rosario, una de las monjas más ancianas del convento. Todo el mundo la miraba y ella sólo parecía tener ojos para la desgraciada pareja. De repente, levantando un dedo y señalando a la mujer del posadero, gritó con voz profunda: “No puedes engañarme!”

Sus ojos se llenaron de los colores de las antiguas hogueras y de pronto, la figura de piedra estalló en llamas. Antes de que nadie pudiera dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, la masa de piedra y llamas explotó en miles de pequeños fragmentos que se clavaron en los cuerpos de todos los que estaban presenciando el espectáculo. Los cuerpos se retorcían de dolor. Sus gritos se elevaban por encima de las nubes atrayendo a un grupo de cuervos que volaban por encima de ellos en ese preciso instante. Los cuervos cambiaron de repente su trayectoria y se lanzaron en picado hacia aquel mar de gente, gritos, sangre y humo. Graznando como nunca lo habían hecho, empezaron a picotear los ojos de esos cuerpos que se retorcían aún más. Cuando un cuervo se había tragado ambos ojos de su víctima, seguía picoteando el cuerpo, hasta dejarlo completamente destrozado. Entonces, el cuervo se hacía más y más grande. Su cuerpo mutaba a una velocidad vertiginosa y pronto dejaba de ser cuervo para tomar el aspecto corporal de su víctima y convertirse en su copia exacta.
A excepción de los ojos.
Completamente negros.

detrás de la cortina

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