martes, 14 de abril de 2009

remolinos

El posadero apareció muerto 3 días después al final del oscuro callejón.
Su cuerpo estaba lleno de arañazos y magulladuras, su ropa, ensangrentada y su cara tenía una expresión de pánico. En medio de la frente tenía un agujero por donde todavía salía expulsado algún que otro borbotón de sangre. Sus ojos ya no eran marrones. Eran completamente negros. Sus cuencas daban la impresión de estar vacías. Y una mancha de sangre oscura se extendía a su alrededor.
A su lado el cuerpo de su mujer empuñando un cuchillo de cocina había quedado convertido en piedra. Su expresión era aún más terrorífica que la de su marido. Sus ojos, ahora de piedra, parecían llenos de terror.

La gente se arremolinaba en torno a la macabra figura. Sus caras reflejaban sentimientos de asco, terror, dolor… Entonces se escuchó una carcajada que se elevó por encima de todas las demás voces. Era una risa desagradable que helaba los huesos. Alguien estaba disfrutando con todo aquello. Descubrieron, al darse la vuelta y mirar, que quien se estaba riendo de esa forma tan grosera e irrisoria era la Madre Rosario, una de las monjas más ancianas del convento. Todo el mundo la miraba y ella sólo parecía tener ojos para la desgraciada pareja. De repente, levantando un dedo y señalando a la mujer del posadero, gritó con voz profunda: “No puedes engañarme!”

Sus ojos se llenaron de los colores de las antiguas hogueras y de pronto, la figura de piedra estalló en llamas. Antes de que nadie pudiera dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, la masa de piedra y llamas explotó en miles de pequeños fragmentos que se clavaron en los cuerpos de todos los que estaban presenciando el espectáculo. Los cuerpos se retorcían de dolor. Sus gritos se elevaban por encima de las nubes atrayendo a un grupo de cuervos que volaban por encima de ellos en ese preciso instante. Los cuervos cambiaron de repente su trayectoria y se lanzaron en picado hacia aquel mar de gente, gritos, sangre y humo. Graznando como nunca lo habían hecho, empezaron a picotear los ojos de esos cuerpos que se retorcían aún más. Cuando un cuervo se había tragado ambos ojos de su víctima, seguía picoteando el cuerpo, hasta dejarlo completamente destrozado. Entonces, el cuervo se hacía más y más grande. Su cuerpo mutaba a una velocidad vertiginosa y pronto dejaba de ser cuervo para tomar el aspecto corporal de su víctima y convertirse en su copia exacta.
A excepción de los ojos.
Completamente negros.

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