jueves, 6 de mayo de 2010

fantasía

...y entonces un segundo viento tormentoso, más poderoso aún, agitó el libro y apagó todas las luces. El reloj de la torre dio las doce.

En su reloj eran las tres y veinte de la madrugada y su casa se hundía en penumbra, apenas iluminada por la pequeña lámpara de su mesita de noche. Había cogido el Libro. Sabía perfectamente por donde tenía que abrirlo. Quizás no era exactamente la mitad física del libro, pero sí era el principio de la segunda parte. Desde aquel punto, la historia cambiaba completamente. Todo empezaba de cero. En la Oscuridad. El protagonista pronto se daría cuenta que en la palma de su mano una semilla empezaría a brillar y después, a brotar.
Y allí, en esa semilla, volvería a empezar todo.
Ella había cogido ese libro que tantas veces había leído. Era, quizás, un acto de desesperación, pero quería volver a leerlo. Desde ese punto exacto. No quería lo anterior. Quería lo que venía a partir de ahí. No le apetecía revivir la historia hasta que la Oscuridad lo invadía todo. Quería el comienzo de la luz. El Renacimiento.
En ese momento, ese mundo fantástico, sumido en la Oscuridad se parecía tenebrosamente al suyo, inundado en su terrible oscuridad. Y por eso quería sentir que al menos algo evolucionaba a mejor.
Aquella noche había vuelto a tener uno de esos sueños sin sentido que la despertaban llorando, sin consuelo en mitad de la noche. Y su cama estaba vacía, como tanto tiempo atrás.
Se había aovillado contra la pared, sintiéndose pequeña, indefensa, con lágrimas en los ojos...
Volvía a sentir ese desgarro que, como cada noche, la invadía sin tregua, apoderándose de su estómago.
Fue entonces cuando decidió coger el libro. Si no mucho, algo la ayudaría. Siempre lo había hecho y no había razón para que esta vez fuera diferente. Aunque esta vez la situación fuera tan diferente.
Así pues, volvió a la cama, la tristeza y la rabia luchaban en su interior por arrancar cada uno de sus órganos. Los nervios eran tan punzantes que hacían daño y tenía ganas de gritar.
Empezó a leer y poco a poco, a medida que la semilla brotaba y la conversación fluía, su cuerpo se fue calmando. Su mente se silenciaba por momentos...
Deseó que su cuerpo albergara también esa semilla de luz que brotaba y brotaba convirtiéndose en la preciosa selva luminosa.
Y poco a poco la esperanza fue llenando el vacío que tenía dentro. Porque, a pesar de todo, la esperanza es un regalo, un arma con la que poder contar y, al aferrarnos a ella, seguir adelante.
Y sentía su cuerpo, al igual que su vida, vacío, inerte, autómata...
Y deseó, deseó, deseó... pero una vez más... a quien quería engañar? Ella misma sabía que esto no era suficiente y que al día siguiente volvería a caer en el abismo en el que estaba encerrada, confinada, del que no podía salir...
Una Oscuridad impenetrable de la que no podía escapar.
Y en la que se seguiría hundiendo, aún cuando luchara con todas sus fuerzas.
Y, llorando, muerta de miedo y rabia, pegó un puñetazo contra la pared. Se odiaba. Odiaba tener que pasar por esto una vez más. Se sabía estúpida por anhelar el otro sufrimiento. Ya ni siquiera era capaz de diferenciar cual de los dos era peor.
De nuevo, tumbada en la cama, cerró los ojos.
Su mente vagó, intentando esquivar todos esos pensamientos, afilados como cuchillos, que tanto le dolían. Era difícil, no había aprendido a hacerlo, se intentó imaginar volando libre, por encima de las montañas, surcando los cielos, para luego volver a caer retomando los hilos oscuros que le arañaban la piel. No era lo suficientemente fuerte ni su piel lo suficientemente dura.
En silencio pedía a gritos ayuda, pero allí no había nadie que pudiera, ni siquiera sentir sus pensamientos. Y se sentía sola, y volvía a llorar, y volvía a pedir que todo terminara, que jamás hubiera ocurrido.
Su más fuerte deseo, encontrar la fantasía que había perdido.

jueves, 15 de abril de 2010

y después, el verano

Hoy hace justo un año que no publico nada en el blog. Demasiadas cosas han pasado desde entonces y demasiadas cosas se han quedado por contar.
Las personas somos curiosas. Poquito a poco retomamos viejas costumbres que teníamos olvidadas. Poquito a poco volvemos la vista hacia épocas pasadas intentando recordar quienes éramos, como éramos y por qué éramos. Y al hacer esta regresión nos damos cuenta de qué inútil puede llegar a ser. Nunca volvemos a ser la misma persona que fuimos, igual que un río nunca es el mismo a cada segundo que pasa. Crecemos, ganamos, perdemos, recordamos, olvidamos, vivimos, amamos, odiamos, jugamos, peleamos, reímos, lloramos... Somos personas diferentes a cada momento, a veces mejor, a veces peor. Diferentes.
Aunque nos cueste, a regañadientes, nos vemos forzados a cerrar etapas, a dejar ir sentimientos, a olvidar... Y un día, sin darnos cuenta, somos una persona totalmente diferente, llena de nuevos matices, de nuevos colores, con nuevos sueños y esperanzas, con nuevos miedos y temores.
Y volvemos la vista atrás, sin rencor, y nos damos cuenta que al final, el camino que hemos hecho, nos ha dejado cosas maravillosas, estupendas.

Por eso, al final, aunque queramos recuperar algo que teníamos olvidado, nunca vuelve a ser exactamente lo mismo. Puede parecerse, sí, pero no es igual. Y por eso, cuanto más tiempo pasa, más difícil nos es volver a parecernos a lo que habíamos sido.

Pero las épocas de sequía pasan y llega de nuevo la abundancia y, en este caso, que mis dedos se cansaron de escribir y mi mente se relajó demasiado, va a hacer falta un poquito más de práctica para volver a sacar esas ideas, que, aunque encajonadas, sé que siguen en algún rincón de mi cabeza.

Después del invierno, la primavera. Y después, el verano.

miércoles, 15 de abril de 2009

la Maldición

El Vigía acababa de llegar al callejón. Era demasiado tarde para evitar que la Madre Rosario desatara, sin quererlo, la Maldición. Pero no era demasiado tarde para evitar que la plaga se extendiera.
Con un ligero pero amplio movimiento de sus brazos trazó un círculo en el aire. Alrededor de los damnificados se formó una especie de cúpula dorada que los rodeaba y contenía. Poco a poco, la cúpula fue estrechándose y apilando en su interior a los pobres desgraciados. Los gritos desgarradores se podían oír a kilómetros de distancia y con ellos, una sensación de desesperación que penetraba en cada rincón del alma de quien pudiera estar escuchando.
Un chispazo en el interior del semicírculo, indicó que había llegado el momento de actuar. Lanzando un rayo de plata a su interior, transformó a todos los aldeanos en una sola figura, la figura que estaba detrás del malvado plan.
Esperando ver un ángel de alas negras, un dragón o una serpiente, se sorprendió mirando frente a frente un niño pequeño de dorados rizos y sonrisa temblorosa. Le miraba vacilante, con miedo en sus grandes y destellantes ojos azules.
Aquello sólo podía significar dos cosas. La primera, que las Señales que había recibido el Oráculo no fueran las que estaban esperando y aquello no fuera nada más que una pequeña travesura de algún angelito revoltoso y aburrido o que Lucifer hubiera adoptado una nueva forma para presentarse en la tierra y engañar así a cualquiera que quisiera oponerse a sus planes.
Una situación crítica.
¿Y ahora qué debía hacer?
Si se lo planteaba demasiado, el tiempo necesario para ello supondría una ventaja para su enemigo y podría perder la oportunidad de terminar con el Mal de una vez por todas.
Si acababa con aquel pequeño gamberro libraría al mundo de una posible amenaza que llevaría a la destrucción de Todo, pero si al final resultaba que sólo era una gamberrada del chiquillo, no podría revertir su hechizo, destruyendo así la vida de los inocentes aldeanos.

martes, 14 de abril de 2009

remolinos

El posadero apareció muerto 3 días después al final del oscuro callejón.
Su cuerpo estaba lleno de arañazos y magulladuras, su ropa, ensangrentada y su cara tenía una expresión de pánico. En medio de la frente tenía un agujero por donde todavía salía expulsado algún que otro borbotón de sangre. Sus ojos ya no eran marrones. Eran completamente negros. Sus cuencas daban la impresión de estar vacías. Y una mancha de sangre oscura se extendía a su alrededor.
A su lado el cuerpo de su mujer empuñando un cuchillo de cocina había quedado convertido en piedra. Su expresión era aún más terrorífica que la de su marido. Sus ojos, ahora de piedra, parecían llenos de terror.

La gente se arremolinaba en torno a la macabra figura. Sus caras reflejaban sentimientos de asco, terror, dolor… Entonces se escuchó una carcajada que se elevó por encima de todas las demás voces. Era una risa desagradable que helaba los huesos. Alguien estaba disfrutando con todo aquello. Descubrieron, al darse la vuelta y mirar, que quien se estaba riendo de esa forma tan grosera e irrisoria era la Madre Rosario, una de las monjas más ancianas del convento. Todo el mundo la miraba y ella sólo parecía tener ojos para la desgraciada pareja. De repente, levantando un dedo y señalando a la mujer del posadero, gritó con voz profunda: “No puedes engañarme!”

Sus ojos se llenaron de los colores de las antiguas hogueras y de pronto, la figura de piedra estalló en llamas. Antes de que nadie pudiera dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, la masa de piedra y llamas explotó en miles de pequeños fragmentos que se clavaron en los cuerpos de todos los que estaban presenciando el espectáculo. Los cuerpos se retorcían de dolor. Sus gritos se elevaban por encima de las nubes atrayendo a un grupo de cuervos que volaban por encima de ellos en ese preciso instante. Los cuervos cambiaron de repente su trayectoria y se lanzaron en picado hacia aquel mar de gente, gritos, sangre y humo. Graznando como nunca lo habían hecho, empezaron a picotear los ojos de esos cuerpos que se retorcían aún más. Cuando un cuervo se había tragado ambos ojos de su víctima, seguía picoteando el cuerpo, hasta dejarlo completamente destrozado. Entonces, el cuervo se hacía más y más grande. Su cuerpo mutaba a una velocidad vertiginosa y pronto dejaba de ser cuervo para tomar el aspecto corporal de su víctima y convertirse en su copia exacta.
A excepción de los ojos.
Completamente negros.

detrás de la cortina

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