30 de junio de 2008

Buenos días,

Hoy es lunes 30 de junio de 2008, son las 13.20, las 11.20 en Dubái.

Hace por lo menos 4 meses que no escribo una efeméride y es que en el trabajo las cosas han cambiado bastante. Desde que saben que soy genial, me tienen explotado y tengo bastante trabajo. Además me cambiaron de sitio y donde estoy ahora estoy en el punto de mira de media oficina, y como todos se han dado cuenta de lo interesante que soy y de lo fascinante que es mi vida, no me quitan ojo. En fin, hoy, un poco relajado voy a escribir una de mis tan aclamadas efemérides. Hacía ya tiempo que me rondaba por la cabeza, lo echaba de menos. Y sé que vosotros también, fanes míos.

Hoy es San Marcial, nombre que viene del latín (Marcualis) que tiene un curioso significado: “guerrero que procede de Marte o nacido bajo el signo de Marte”
Maravilloso, sin duda, imaginaos que gracia nos haría que ahora empezaran a llegar guerreros procedentes de Marte. A ver, sinceramente, que vengan seres extraterrestres a la Tierra, pues me parece bien, siempre que vengan en son de paz y no nos fastidien la existencia, claro, así que guerreros… NO, no nos gustan. Pero los Marciales, sí, sobretodo éste.

De hecho hoy podemos enlazar el tema de la onomástica con el de los hechos históricos ocurridos hace algunos años y es que en un día como hoy de 1522 en la Batalla de San Marcial los francos-navarros que luchaban por la independencia del Reino de Navarra fueron derrotados. Pero esa fue la primera de 3 Batallas de San Marcial. Qué lío. Espero que en los exámenes las diferencien al hacer alguna pregunta sobre ellas, porque si no, vaya cacao… todos suspendidos…

En 1908 cayó el meteorito de Tunguska en Siberia que causó una explosión equivalente a 500 bombas atómicas. Esas son muchas bombas, así que no me extraña que algunos científicos rusos afirmaran que en verdad ese meteorito era un OVNI, cosa que siendo el día de San Marcial, recordemos “guerrero que procede de Marte”, no me extrañaría nada.

Y un día como hoy en España se aprobó la ley que modificaba el código civil permitiendo a personas del mismo sexo contraer matrimonio. Esto les vino muy bien a los Paudios que pudieron hacer realidad uno de sus sueños. Ser marido y marido y tener dos hijas felinas a las que llamar Paulina y Shakira. Maravilloso.


En 1863 nacía Henry Ford, el fundador de la compañía de automóviles Ford. Algunos años más tarde, en 1975 nacía Ralf Schumacher. Esto va de coches amigos, y aprovechando la ocasión me gustaría recordar que el 10 de Julio, en 10 días, vamos, es mi cumpleaños y un buen regalo sería un buen coche, no vale una chatarra, para más información, mi fotolog, con todos los gastos de por vida pagados, claro.
También hoy es el cumpleaños de Mike Tyson, el ex-boxeador caníbal cuyo plato favorito es la oreja de su contrincante.
Y también es el aniversario de un par de directores y actores, pero no me apetece hablar de ellos, porque entonces me lío y acabo hablando de lo que no debo.


Y el chiste de hoy va de angelitos y es realmente bueno, para quien le gusten los chistes malos, claro…

¿Por qué los ángeles se ríen tanto?
Por la gracia de Dios.

Ala, se acabó por hoy, más que nada, porque ha llegado mi hora de comer y mis tripas se están quejando sobremanera.

Que lo disfruten.

la infancia es la patria de todos



Samuel, mirándose al espejo, recordaba todo lo que de pequeño había soñado y deseado que se hiciera realidad cuando fuera mayor. Se acordaba de su juguete favorito, una cometa que hacía volar en el jardín de detrás de su casa los días en los que el sol parecía que fuera a estar ahí para siempre. Se acordaba de sus padres, familiares y amigos, que tantas veces le habían acompañado en sus ires y venires.
Recordaba especialmente aquel viaje de sus sueños, el que había hecho hacía justo un año. Las calles de Ciudad Esperanza rebosaban de alegría, de colores y de gente animada. Sus playas, de cristalinas aguas y cielos violáceos al atardecer habían sido el lugar perfecto para expulsar las incertidumbres, los dolores y los infortunios de los últimos años. Sus parques y jardines, repartidos por doquier habían sido un perfecto compañero para las tardes de merienda, tardes que sirvieron para hallar un nuevo enfoque de su, hasta entonces, según creía él, carente de sentido vida.
Una de esas tardes, cuando llevaba en la ciudad más de dos semanas, había ido a comer, como cada sábado, al Café Regional. Mientras saboreaba el delicioso merengue de limón, se había acercado a su mesa un niño, de grandes ojos verdes y misteriosos y había dejado en ella un pequeño tren de madera. El niño estaba jugando y no se había dado cuenta que en esa mesa había alguien. Y Samuel, se había quedado mirando aquel tren. Le recordaba mucho a uno que tenía cuando era más o menos de la edad de aquel niño. Lo cogió y lo estuvo mirando un buen rato y cuando había querido devolvérselo al niño, éste había desaparecido.
Al salir del Café se había puesto a pasear, como siempre, sin rumbo, con la intención de cruzarse con algún jardín donde pasar la tarde. Después de un rato encontró uno, precioso y pequeño. No había estado nunca en él. Nunca lo había visto. Y estaba convencido que no era la primera vez que había pasado por esa calle. El jardín no era muy grande, pero aún así parecía enorme. Era como si permaneciera ajeno a todo lo que le rodeaba. Era una plaza circular, con arbolitos alrededor y en el centro una fuente con una estatua de Chronos, dios griego del tiempo. Había dos mirlos blancos bebiendo agua. Aquella fuente tenía algo mágico, algo cautivador. Chronos estaba representado como un ángel de enormes alas, con barba y cabellos largos y rizados sentado en el borde de la fuente, como esperando el pasar de los tiempos. No se oía ningún ruido y Samuel se sentó en un banco frente a la estatua. Observó cada detalle de su barba, de sus rizos, de sus alas… Se acordaba que la había estado mirando bastante rato, hasta que algo llamó su atención. Alguien se había acercado sin hacer ruido y se había sentado a su lado.
-¿Quién eres? – le dijo, mirando al niño de grandes ojos verdes y misteriosos que había visto en el Café.
-¿No te acuerdas de mí?- contestó con una voz familiar.
-Claro que me acuerdo. Te has olvidado el tren en el Café Regional. – dijo, sacándose el trenecito del bolsillo.
-Te has olvidado de cuando soñabas con volar, mientras jugabas con tu cometa. Te has olvidado de cuando soñabas que viajabas en este tren y mirabas los paisajes a través de sus ventanas. Te has olvidado de mí.
Samuel se había sentido mareado, la cabeza le daba vueltas y no podía creer que ese niño pudiera estar realmente hablando de su infancia. Los recuerdos eran confusos, borrosos, creía recordar esos detalles, pero no estaba seguro. Ese niño, tan parecido a él mismo le había hecho pensar que podría ser él mismo. Con un susurro, como si estuviera muy lejos, y no a su lado, había escuchado la vocecita de aquel niño que le había dicho:
-Cuando me recuerdes, volveré a ti.


Se había despertado tiritando de frío, tumbado en el banco del jardín de Chronos. Había estado soñando. O tal vez no.

De camino al hotel pensó en muchas cosas. Estaba contento de cómo sucedía su vida, por supuesto, pero había dejado muchas cosas abandonadas durante el camino. Sueños en los que, de pequeño, había creído ciegamente.
Al llegar al hotel había llamado al servicio de habitaciones, pero nadie contestó. Tenía hambre y quería algo para cenar. Decidió cenar fuera, en el puerto, quizás, contemplando los barcos que salían a pescar al atardecer con sus diminutas lámparas.
Al salir del hotel vio una flecha pintada con tiza en la acera. Al mirar en esa dirección observó otra flecha pintada en la pared indicando doblar la esquina. Decidió seguir esa dirección y en el siguiente cruce de calles, había encontrado otra flecha señalando otra dirección. Dudó si seguirla o no, pero al final decidió hacerlo. Las flechas le habían hecho cruzar toda la ciudad hasta el límite oeste, el que daba a la playa.
A aquella hora, ya estaba anocheciendo y el sol se ocultaba tras la línea del mar, tiñéndolo de rojo. Era como si estuviera en llamas. Hacía tiempo que no había visto nada igual, tan hermoso y sobrecogedor, casi se le cortaba la respiración y de repente, la luz empezó a cambiar y a colorearlo todo de lila. Un destello apareció por encima del mar y unas escaleras hechas de estrellas y nubes empezaron a formarse delante de Samuel.
Las había subido hasta arriba del todo, maravillado de todo lo que veía.
Puntos de luz, como luciérnagas, se desplazaban de un lado al otro emitiendo brillos de colores olvidados hace mucho tiempo por las personas. Pequeñas nubes juguetonas del tamaño de una canica se enredaban en sus rizos y le parecía oírlas reír en sus orejas. Todo se había convertido en una espiral de luces, colores y sonidos que había empezado a marearle, pero se sentía tan seguro, tan a gusto que no quería que aquello terminara. Por supuesto, tenía que terminar y cuando recuperó la noción del tiempo y el espacio se encontró en la habitación donde tanto tiempo había pasado cuando era pequeño.
El niño del Café estaba jugando con su tren y le dijo a Samuel que jugara con él. Estuvo mucho rato jugando con el niño. Jugaron con el tren, se imaginaron grandes viajes a través de todos los países conocidos y otros que se inventaron. Jugaron con los muñecos que su madre le había traído de un viaje que había hecho a la China, aquel país que él se había imaginado lleno de colores y olores nuevos. Incluso jugaron con aquel caballo al que su perro le había arrancado las patas y que ahora volvía a estar entero. Salieron al jardín y jugaron con la cometa. La hicieron volar y se imaginaron volando como pájaros. Samuel había vuelto a ser un niño. Disfrutaba con cada juego como si fuera la primera vez que jugaba y estuviera descubriendo un mundo nuevo, de risas, colores y magia.
Y cuando se cansaron de jugar hicieron planes de todo lo que querían hacer cuando fueran mayores. Hablaron de sus viajes, de los sitios que iban a visitar y las personas que iban a conocer, de todo lo que iban a comer, de los colores que verían, de los olores que olerían… Dejaron volar su imaginación hasta que no pudieron más y se quedaron dormidos.
Cuando despertaron se prometieron que nunca más se olvidarían de las cosas que habían soñado y que siempre estarían juntos.
Los niños se despidieron y Samuel volvió a bajar por las escaleras de luces y colores, estrellas y nubes. Volvía a ser adulto.
Aquella noche había decidido terminar el viaje y volver a casa y empezar a construir la vida que quería.
A partir del día siguiente, había empezado a cambiar algunas cosas. Había dejado el trabajo, que tantas horas le había robado durante los últimos años. Había cambiado la relación con sus seres queridos y había descubierto que muchos ya no eran tan queridos, y que no le aportaban nada a su vida. Había empezado a viajar con más frecuencia, visitando todos esos sitios con los que había soñado, descubriendo todas las cosas que sólo había imaginado. Había conocido a gente nueva, gente que le había enseñado cosas nuevas. Gente con la que compartía algo más que falsas ilusiones.

Echaba la vista atrás y su vida había cambiado tanto... Era un adulto con el espíritu de un niño. Había encontrado una nueva forma de vida, un camino a seguir. El camino de los adultos que siguen teniendo la ilusión de los niños.
Sólo había hecho falta una noche, una sola noche, para cambiar su forma de ver la vida, para recuperar aquella forma de ver la vida que tenía cuando era pequeño.
Había encontrado el camino y sabía que nunca más lo iba a perder de vista, porque ahora sabía quién era, qué quería y cómo lo quería.
Frente al espejo recordaba todas esas cosas mientras nubecillas del tamaño de una canica se enredaban en sus rizos.
Y sonreía.
Sonreía porque era más feliz de lo que jamás había sido.
Sonreía porque había estado atrapado en el mundo de los adultos.
Sonreía porque había sabido escapar de esa trampa.
Sonreía porque se había reencontrado con el niño que había sido.
Sonreía porque sabía que la infancia es la patria de todos.
Sonreía porque ahora era feliz.



(ya lo sabes, este cuento es para ti)

dorado y rojo



Me desperté soñando.
La casa había empezado a temblar, el aire se llenaba de gritos por momentos y en las paredes empezaron a aparecer enormes grietas que recorrían toda la altura de los gruesos de muro de la casa. De las grietas había empezado a salir lo que parecía una enorme masa gris. La cercanía de una de las grietas encima de mi cabeza, me permitió ver qué era esa masa. Eran cientos de cucarachas. De color gris. Los bichos habían empezado a invadir la habitación y cubrían todos los rincones. Se habían empezado a amontonar, moviéndose nerviosas, intranquilas, mientras el techo se movía de manera que parecía que, en cualquier momento, fuera a desplomarse. El nivel de las cucarachas había empezado a subir y subir cada vez más. Cómo un océano. Habían llegado a la altura de la cama y de repente mi cuerpo se vio elevado unos centímetros por encima de la cama, como flotando, como volando. Nadaba entre ellas. Volaba en ellas. Era una sensación extraña, pero no era para nada desagradable.
De hecho, me sentía seguro.
Poco a poco, las cucarachas me fueron deslizando fuera de la cama, por la habitación, como si llevaran un rumbo fijo, una dirección.
Me llevaban, pasando por todas y cada una de las habitaciones de la casa. Al pasar por ellas, las cucarachas, como si cada una de ellas fuera un diminuto aspirador de colores como el del sueño anterior, iban aspirando y adoptando el color de todas las cosas que tocaban a su paso.
El destino era la cocina. Lo vi claro. Tenía que ser así.
De repente, me encontré dando vueltas sobre mi mismo, mientras notaba como la altura a la que me encontraba era cada vez menor. Suavemente, fui posado en el suelo.
Las cucarachas habían desaparecido, dejando tras de sí, una casa gris, sin colores, muerta.
Y estaba en frente del armario de la cocina. O mejor dicho, y una vez más, donde debería haber estado el armario de la cocina. Delante de mí, la puerta negra, abierta de par en par y una luz rosada saliendo de ella en espiral se fue acercando, rodeando mi cara, envolviendo mi cuerpo en un manto de tranquilidad, serenidad y paz.
Entonces mi cuerpo empezó a estremecerse, a temblar, a convulsionarse. De mis manos, de mis pies, de mi pecho, de mi cabello, de todo mi cuerpo salía un millar de hilos de luz de todos los colores posibles que se posaban delicadamente en cada uno de los objetos de la casa llenándola de nuevo de color. De mi color.
De repente, me desperté.
Las manos llenas de astillas clavadas y sangre manando de ellas por doquier.
El armario de la cocina, destrozado en el suelo, roto, despedazado, arrancado de la pared con las manos vacías, lleno de sangre…
Y yo, delante de la puertecita de hierro.
Abierta.
Una sonrisa dibujada en mi cara.
Una risa cortando el aire.
Un petirrojo cantando al alba.
Un huevo en mi mano.
Dorado y rojo.
Abierto, pero no roto.
Abierto, pero entero.
Abierto, pero vivo.

aspirando los colores de todos tus cuadros

Tú y yo hemos roto hace poco. Después de un tiempo sin vernos voy a tu fiesta de cumpleaños. En tu casa, pero no tu casa, sino una mucho más grande, rollo mansión, llena de cuadros, con escaleras y varios niveles y rincones. Durante la fiesta, en la que yo estoy incómodo a tu lado, volvemos a liarnos. Yo, confío en que es una reconciliación y que volvemos a estar juntos, pero me dejas claro que no. Tenemos una discusión y me voy, pero tú no me dejas, empiezas a perseguirme por la casa, gritando, discutiendo… me paro, nos gritamos, me alteras, me hundo, me rabias, me desespero. Te pegó un bofetón, delante de todos tus amigos, que son tus amigos y mis amigos, pero no reconozco como míos, sino como tuyos. Después de la bofetada sé que ya no hay nada que hacer. Se me cae el mundo. Lloro. Te pierdo, para siempre. No lo asimilo. Todos tus amigos se giran conmigo, me dicen que me vaya, que no tiene sentido seguir ahí después de lo que he hecho. Me recorro la casa con una aspiradora, aspirando los colores de todos tus cuadros. Salgo y, entre la cantidad de gente en la calle, aparece un actor de una compañía de teatro que se acerca preguntándome si puede colgar un cartel. Le digo que sí, lo cojo pero no lo cuelgo, me lo llevo. Le arranco el trozo de celo que se supone que tenía que engancharlo y tiro el cartel al suelo hecho una bola.
Me meto en el metro. Cojo la primera línea que encuentro, sin saber que esa no es la dirección que debo tomar. Me pierdo, aparezco en una estación extraña. Línea amarilla. Diferentes direcciones. Líneas individuales, rollo taxi-metro. Encuentro mi destino y subo al vagón justo a tiempo.
Cuando el bus arranca (ya no es metro) me doy cuenta que está lleno de enfermos mentales con ojos llorosos por enfermedades que tienen en ellos. Intento llegar a la zona del conductor que veo vacía. En la puerta de salida del medio del bus, me encuentro con Roc, el marido de un amigo de mi hermana. Con tu cara. Con ojeras. Hablamos, me dice que está bien, pero no le creo. Tiene que bajar y la multitud me arrastra afuera del autobús, consigo volver a subir y llegar a la zona del conductor, me pongo en las escaleras a un nivel un poco inferior, rollo autocar y el tío que está en el primer asiento, me pone las piernas en los hombros. Rabio, me indigno, me resigno. El chico recibe una alerta al móvil diciendo que está por llegar a su casa.
Plano de la ciudad donde se ven pantallas y ventanas gigantes con niños que descubren que el sistema de alertas no funciona bien por culpa de telefónica. Son sus hijos y no los trabajadores los que han descubierto que no va bien.
De vuelta al bus, bajo y llego a mi casa. Allí me escondo, estoy con Cesc, Silvia-WaterShine, Eva e Inma del curso. Estamos en el baño, estoy limpiando las humedades del techo con agua mientras Inma me pregunta si me veo reflejado en ellas, como insinuando que son culpa mía, que las provoco yo.
Salgo de casa con Eva y me lleva a dar una vuelta, llegamos a un túnel de tren. Sin vías, pero con carriles para coches. Es inmenso de ancho, en su salida se ven árboles, oscuros, sombríos, gigantes, terroríficos. Luz roja entre ellos. Parece un infierno. Eva me dice que siempre le ha dado mucho mal rollo ese túnel, le digo que investiguemos. Ponemos unas estructuras cuadradas, planas, de metal, como rejas en uno de los carriles, para que nos avisen si viene el tren. Y nos metemos dentro del túnel. Entonces empiezan a entrar coches antiguos, esquivando las estructuras. Eva sale para ponerse fuera del túnel y avisar a los coches de no pasar por ahí. Entonces uno de los árboles gigantes, me agarra, me eleva en el aire. Intento gritar, intento llamar a Eva, intento silbarla… no consigo nada. Ansiedad, terror, ahogo, pavor. No puedo hacer nada. No puedo respirar. Entonces veo que Eva viene con amigos. Me noto salvado.

Entonces me he despertado con la boca abierta, sin poder respirar ni gritar. Ahogado. Todo en un segundo. De repente, vuelvo a respirar después de un grito ahogado. Corazón a mil, miedo, unos ojos me miran. Salgo de la habitación, busco algo en lo que y con lo que escribir. Encuentro una libreta y un boli (te he arrancado 2 hojas) me voy al lavabo y allí escribo todo lo que recuerdo. Casi lloro.

Te necesito. Vuelvo a la cama. Intento abrazarte. No puedo. No porque no quiera sino por no molestar. Ojalá hubieras estado despierto para tranquilizarme. Pero tu respiración y el saber que estabas ahí han hecho el mismo efecto.

el viaje


Hace muchos días que no actualizo con nada.

Hace ya tiempo que en el trabajo no tengo tiempo de escribir ninguna de mis tan aclamadas efemérides y en los últimos días no he estado en casa.

Siento que os voy a defraudar cuando leáis lo que voy a escribir y me gustaría poder disculparme por ello, pero no es lo que siento. Quizás el final de la historia de la puerta negra no sea el que os esperabais o quizás os parezca soso o falto de contenido. Pero ha sido así. Después de esta entrada no volveré a hablar de la puerta negra, esa puertecita de hierro que encontré en mi cocina, ni de su contenido, al menos por el momento.

Y es que el otro día me decidí a abrirla. Hablando con Francisco, él me dijo que un ave típica de la temporada invernal, indicio claro de que algo raro estaba pasando, un petirrojo, había aparecido en su casa y sin comerlo ni beberlo, como quien no quiere la cosa, le dijo que, por favor, le diera la llave que abría la puerta que había en mi cocina. Desconozco como pudo saber Francisco de que llave le estaba hablando el petirrojo ni como pudo llegar a sus manos, también desconozco como fue el petirrojo capaz de llegar desde casa de Francisco a la mía, teniendo en cuenta los miles de kilómetros que nos separan. Desde hace un tiempo vivimos en ciudades distintas y ambos hemos pasado por innumerables mudanzas… y por supuesto desconozco como un pequeño pájaro fue capaz de meter la llave en el cajón de la cubertería.

Pero todo esto pasó antes de abrir la puerta. Cuando volví a hablar con él después de los acontecimientos relacionados con la apertura de la puerta me confesó que no recordaba nada del episodio con el petirrojo. Mientras yo se lo contaba, él no daba crédito, tuve que enseñarle el comentario que él mismo había dejado en detrásdelacortina, dijo que era imposible, que no se acordaba y que él no podía haber dejado ese comentario. Supongo que cuando lea esta entrada, entenderá muchas cosas.

Para empezar debo decir que la puertecita está cerrada y permanecerá así durante un tiempo, no sé por cuánto tiempo, no puedo saberlo, no es un conocimiento que se haya puesto a mi alcance, no como otros.

Pero vamos a lo que nos acontece…

Hace aproximadamente 3 semanas me decidí a abrir la puerta. En ese momento yo todavía no conocía el episodio de Francisco y el petirrojo… la verdad es que me aterraba lo que podía pasar en el momento en que abriera la puerta, tenía una sensación extraña, de peligro, un sentimiento que me instaba a no hacerlo, a dejar pasar el tiempo, a esperar… pero en cambio otro sentimiento había aflorado en mí desde el momento en que descubrí que el armario de la cocina hacía un ruido diferente al golpear en un trozo concreto… un sentimiento de curiosidad, de ganas de descubrir, un sentimiento que me llevaba a querer comprobar qué era lo que había detrás de ese armario. Al descubrir la puerta, ese sentimiento creció, cambió. Abrir esa puerta se convirtió en una necesidad, en un anhelo, aún sintiendo ese otro sentimiento de peligro en mi interior. Uno de los dos tenía que ser más fuerte que el otro. Al final, el miedo resultó vencido.

Así que una noche cogí la llave, la tuve 3 horas en mi mano, los ojos yendo y viniendo de la puerta a la llave, de la llave a la puerta, de la puerta a la llave… cada minuto parecía más largo que el anterior, cada segundo, acompasado con los latidos de mi propio corazón, sonaba más fuerte que las campanadas que anunciaban el paso de las horas, tan lentamente, tan ceremoniosamente….

Pero al fin, llegó el momento, tenía que llegar, formaba parte de mi destino, como luego descubrí. Me armé de valor, metí la llave en la cerradura y le di una vuelta, tiré del pequeño pomo, pero la puerta no se abrió. Le di otra vuelta, volví a tirar del pomo, pero la puerta seguía cerrada. La idea de rendirme no se me pasó ni un momento por la cabeza, así que le di otra vuelta. Una tercera. Esta vez sonó un clic.

Se había abierto la puerta.

Tiré del pomo hacia mí. La puerta se abrió unos milímetros. Pero en ese momento el frío se apoderó de la cocina. Me quemé los dedos con los que sujetaba el pomo. Lo solté rápidamente. Me quemé del frío.

Un viento helado salía de detrás de la puertecita. Dudé. Me asusté, pero no me dejé acobardar, así que seguí adelante en mi empeño de abrir la puerta. Me puse los guantes con los que arreglo los rosales, y volví a tirar de la puerta un poquito más. Esta vez se abrió del todo.

La cocina se heló, literalmente. El frío mordía la piel.

Salí de la cocina y rápidamente fui a poner la calefacción. Gracias al buen tiempo que estaba haciendo esos días, hacía tiempo ya que había apagado la caldera, pero no me costó mucho volver a encenderla. Cuando volví a la cocina vi que un par de botellas de agua habían explotado al convertirse en hielo. Estaba alucinado. No podía creer lo que estaba pasando. Todo ese frío salía de una puertecita minúscula. Era increíble.

Salí de ahí y cuando la calefacción empezó a notarse en la casa volví a entrar en la cocina. Aunque todavía hacía bastante frío, la temperatura había subido unos cuantos grados.

De la puerta salían ráfagas de viento helado y no podía uno ni acercarse a mirar. Ni siquiera podía tocar la puerta, era incapaz de acercarme a más de 2 metros de ella. Como no podía hacer nada decidí esperar y ver qué pasaba. De repente el viento paró. Estuve escuchando por si algún sonido me indicaba que todavía era pronto para acercarme. No oí nada así que me acerqué a la puerta. Miré dentro y lo que vi me dejó más helado de lo que estaba.

Ahí dentro había un pequeño túnel y al fondo de él un objeto de forma ovalada que brillaba con tonos rojos y dorados. La luz que emitía se reflejaba por las paredes del túnel.

Metí el brazo para alcanzarlo. El interior del túnel todavía estaba frío, apenas llegaba al objeto, pero mis dedos lo rozaban. Sorprendentemente, su superficie era cálida y suave. Con un pequeño esfuerzo más, lo agarré y lo saqué del túnel. Era un huevo, o al menos tenía la forma de huevo.

De repente, todo volvió a su temperatura normal. El huevo era fascinante, no podía dejar de mirarlo, dorado y rojo, del tamaño de un puño, emitía luz de todos los colores y de repente, empezó a palpitar, rápidamente, como si notara que ya no estaba en su fría guarida. Sentía mi mano, igual que yo sentía su movimiento.

Fui al comedor, puse un cojín del sofá encima de la mesa, coloqué en él el huevo con mucho cuidado para que no se cayera y me senté delante. Estuve horas mirándolo, sin poder apartar la vista de ese fascinante objeto y cuando creía que ya no iba a pasar nada un chillido agudo y estridente resonó por todo el comedor. Me llevé las manos a las orejas para amortiguar ese horrendo grito y me di cuenta que el huevo se había resquebrajado. De él salía un humo negro que llenaba toda la habitación. El olor que producía ese humo era inaguantable. Ya casi no podía ver nada y el chillido no cesaba. Intenté levantarme pero tenía las piernas enganchadas al suelo y los ojos clavados en la abertura del huevo. Tampoco podía mover los brazos. Supongo que acabé desmayándome.

No sé cómo definir lo que pasó a continuación. Fue un cúmulo de cosas, de sensaciones, de sentimientos, de imágenes, de sonidos, de recuerdos. Fue una especie de viaje por el tiempo, al pasado, al futuro, al presente. Fue un viaje por la Tierra, por otros planetas. Fue un viaje hacia dentro, hacia fuera… estaba en un sitio y al segundo siguiente estaba en otro. Había voces que me hablaban, me decían lo que tenía que hacer, lo que quería saber, lo que no quería saber, donde tenía que ir, me preguntaban, me aconsejaban… hablaban en diferentes lenguas, lenguas que desconozco pero que entendía como si fueran mi lengua materna. Caía, manos que me recogían y me volvían a lanzar al aire y de repente… nada.

El silencio.

Abrí los ojos.

Estaba en un lugar lleno de humo blanco, un humo cálido, no dañaba a los ojos, pero no me dejaba ver más allá de dos palmos. Empecé a caminar lento, pero decidido y poco a poco, con cada paso que iba dando, el humo se iba extinguiendo. Descubrí que estaba en una sala enorme con grandes vidrieras de color dorado que, a medida que desaparecía el humo, iban llenando el espacio de luz dorada.

Encontré una silla y cuando la toqué una voz me dijo que me sentara. Me senté, eso fue lo que hice.

Enseguida noté unos pasos detrás de mí y cuando me giré para mirar no vi a nadie. Al volverme a girar encontré una persona sentada enfrente de mí en una silla igual que la mía que antes no estaba ahí. Esa persona iba vestida con una túnica blanca con una capucha que no me dejaba ver su cara. Apareció una mesa. En el centro, el huevo, completamente abierto.

Me dijo que no tuviera miedo y no lo tuve. Me dijo que tenía que escucharle y le escuché.

Su voz era de hombre y mujer a la vez, sonaba como si muchas voces estuvieran hablando a la vez. Su tono era cálido, y su ritmo calmado.

Después me felicitó por haber abierto la puerta, me dijo que otros como yo lo habían intentado pero que algunos no lo habían conseguido. Otros habían tardado mucho más tiempo que yo. A veces hacía falta mucha fuerza para conseguirlo. Los que lo habían conseguido también habían estado ahí.

Miré el huevo y me dijo que no me preocupara por él. Que estaría bien.

Me preguntó qué había escuchado durante el viaje que había hecho antes de llegar a esa sala.

Le conté todo lo que había escuchado, lo que me habían dicho, lo que había visto y lo que había recordado.

-¿Lo has entendido todo? –Me preguntó después.

-Sí –Le contesté.

-Entonces sabrás que la puerta…

-…debe permanecer cerrada por el momento. –dije terminando su frase.

-Así pues, es hora de que vuelvas. Podrás explicar lo que ha sucedido tú mismo. Nadie recordará nada. Todo será como antes. Como si no hubiera pasado el tiempo. Podrás explicar todo lo que quieras, tienes derecho, todo excepto lo que se te ha revelado en el viaje. Has hecho bien.


Cuando desperté, estaba en la silla del comedor de casa. Habían pasado dos semanas. El huevo había desaparecido y en la cocina, el armario volvía a estar en su lugar, donde debía estar, tapando la puerta que cerraba el túnel que escondía el huevo rojo y dorado. En mi cuello, colgada de una cadena de oro, la llave de la puerta. El ojo, que recordareis era una piedra de ámbar, estaba cerrado. Como la puerta. Por el momento.

la llave dorada


Llevo dos días con el armario de la cocina en el suelo. Sigue ahí, igual que la puertecita. Durante el sábado estuve intentando abrirla, pero, a pesar de los signos de envejecimiento y el óxido no conseguí más que romper un par de cuchillos y un destornillador. Como por la noche tenía la fiesta de los Elfos y tenía que preparar un montón de cosas, a media tarde me di por vencido y dejé de pensar en la puerta. Me tuvo obsesionada el resto del día. Mientras compraba los regalos, pensaba en ella, por la noche, durante la cena y fiesta de los Elfos no me la podía quitar de la cabeza…

Ayer, domingo, día de descanso, me levanté tarde. Hacía un día espectacular, así que cogí mi desayuno y me senté a la sombra del Árbol de las Mil Naranjas, que justamente en esta época está lleno de flores que desprenden su maravillosa fragancia por todo el vecindario.

Al rato me encontré divagando de nuevo sobre la puertecita de detrás del armario… Como no había manera de dejar de pensar en ella me tumbé al sol, a ver si me inspiraba y su calor me ayudaba a encontrar una forma de abrirla…

Allí me pasé todo el mediodía dándole vueltas… Cuando la sensación de hambre pudo más que mi curiosidad me levanté y me fui a la cocina a prepararme la comida.

Y cuando fui a coger los cubiertos del cajón de los cubiertos del comedor… sorpresa! Me encontré entre las cucharas una pequeña llave dorada. Uno de los extremos era plano y formaba un curioso dibujo de líneas entrelazadas formando lo que parecía un ojo. En el centro del ojo, una piedra de ámbar. El otro extremo, como ya os podéis imaginar tenía forma de huevo.

Evidentemente, esa era la llave de la puertecita de la cocina. Pero… os puedo asegurar que esa llave no había estado ahí antes. Como habría llegado allí o si alguien la había puesto durante mi ausencia la noche anterior cuando fui a la fiesta de los Elfos son cosas que no soy capaz de explicar.

En el momento en el que me di cuenta de que podía abrir la puertecita, un escalofrío me recorrió la espina dorsal… Todavía no he abierto la puerta.

la puerta negra


Ayer estaba haciendo limpieza en casa, me puse a ordenar los armarios de la cocina y empecé a sacarlo todo y dejarlo en la encimera. Ollas, sartenes, cajas de metal vacías, latas de conservas, harina, pan rallado, pasta, moldes para pasteles, comida y cacharros varios.
Estuve limpiando a conciencia el interior de los armarios, quitando los trocitos de chocolate, el polvo de harina y los plásticos y papelitos que a saber como habían llegado ahí. Cuando terminé, devolví las cosas al armario y al ir a meter uno de los moldes de cristal para hacer pasteles (mi favorito, por cierto) le di un golpe demasiado fuerte contra la pared del armario. Por suerte no se rompió, pero hizo un ruido bastante extraño. Empecé a dar golpecitos por todo el armario y pude confirmar que en ese trocito donde había golpeado el molde, la pared sonaba diferente. Era un sonido duro, frío, seco… Pensé en desmontar la pared del armario, pero, la verdad, me dio mucho palo solamente de pensar que tendría que volver a montarlo. Así que lo dejé como estaba. Quizás solo era una baldosa rota…
Esta mañana, al despertarme, he notado una ligera molestia en los brazos, pero no le he dado importancia. Luego, he ido, como cada mañana, a prepararme el desayuno…
Al entrar en la cocina, todavía medio dormido, he descubierto que el armario estaba descolgado. Al volver a notar la molestia en los brazos, los he mirado y he visto que tenía algunos arañazos. He supuesto que durante la noche me habría levantado, sonámbulo, a retirar el armario. Menuda faena…
Todavía aturdido por la confusión del momento me he preparado el desayuno y he desayunado, de pie, en la cocina, cosa que no hago nunca, bajo ningún concepto. Me gusta sentarme al lado de la ventana con las persianas subidas y las cortinas corridas, mirando como la calle, la gente, el cielo y todas las cosas se preparan para el nuevo día. Uno de los panecillos de Viena con mermelada se me ha caído al suelo, por el lado de la mermelada, como no…
Miraba el lugar donde se suponía que tenía que estar el armario. En su lugar había un trozo de pared vacía y justo en medio, una pequeña puerta de hierro. Era de un color muy oscuro, como envejecido, y con algunos signos de oxidación, como si llevara allí toda la vida. Tenía un pequeño pomo dorado con un relieve muy fino de rayas girando hacia el interior, y debajo de él, una pequeña cerradura dorada de forma ovalada.
Parecía un ojo.
De pie.

Con la taza de café en la mano no podía dejar de observar la puertecita.
¿Cuanto tiempo llevaría ahí?
¿Porque estaba ahí, escondida, detrás de un armario de la cocina?
¿Quién la habría puesto allí?
Si había una cerradura, habría una llave…
¿Qué había pasado con ella?

Y lo más importante…

¿qué había detrás?

detrás de la cortina

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