martes, 27 de mayo de 2008

aspirando los colores de todos tus cuadros

Tú y yo hemos roto hace poco. Después de un tiempo sin vernos voy a tu fiesta de cumpleaños. En tu casa, pero no tu casa, sino una mucho más grande, rollo mansión, llena de cuadros, con escaleras y varios niveles y rincones. Durante la fiesta, en la que yo estoy incómodo a tu lado, volvemos a liarnos. Yo, confío en que es una reconciliación y que volvemos a estar juntos, pero me dejas claro que no. Tenemos una discusión y me voy, pero tú no me dejas, empiezas a perseguirme por la casa, gritando, discutiendo… me paro, nos gritamos, me alteras, me hundo, me rabias, me desespero. Te pegó un bofetón, delante de todos tus amigos, que son tus amigos y mis amigos, pero no reconozco como míos, sino como tuyos. Después de la bofetada sé que ya no hay nada que hacer. Se me cae el mundo. Lloro. Te pierdo, para siempre. No lo asimilo. Todos tus amigos se giran conmigo, me dicen que me vaya, que no tiene sentido seguir ahí después de lo que he hecho. Me recorro la casa con una aspiradora, aspirando los colores de todos tus cuadros. Salgo y, entre la cantidad de gente en la calle, aparece un actor de una compañía de teatro que se acerca preguntándome si puede colgar un cartel. Le digo que sí, lo cojo pero no lo cuelgo, me lo llevo. Le arranco el trozo de celo que se supone que tenía que engancharlo y tiro el cartel al suelo hecho una bola.
Me meto en el metro. Cojo la primera línea que encuentro, sin saber que esa no es la dirección que debo tomar. Me pierdo, aparezco en una estación extraña. Línea amarilla. Diferentes direcciones. Líneas individuales, rollo taxi-metro. Encuentro mi destino y subo al vagón justo a tiempo.
Cuando el bus arranca (ya no es metro) me doy cuenta que está lleno de enfermos mentales con ojos llorosos por enfermedades que tienen en ellos. Intento llegar a la zona del conductor que veo vacía. En la puerta de salida del medio del bus, me encuentro con Roc, el marido de un amigo de mi hermana. Con tu cara. Con ojeras. Hablamos, me dice que está bien, pero no le creo. Tiene que bajar y la multitud me arrastra afuera del autobús, consigo volver a subir y llegar a la zona del conductor, me pongo en las escaleras a un nivel un poco inferior, rollo autocar y el tío que está en el primer asiento, me pone las piernas en los hombros. Rabio, me indigno, me resigno. El chico recibe una alerta al móvil diciendo que está por llegar a su casa.
Plano de la ciudad donde se ven pantallas y ventanas gigantes con niños que descubren que el sistema de alertas no funciona bien por culpa de telefónica. Son sus hijos y no los trabajadores los que han descubierto que no va bien.
De vuelta al bus, bajo y llego a mi casa. Allí me escondo, estoy con Cesc, Silvia-WaterShine, Eva e Inma del curso. Estamos en el baño, estoy limpiando las humedades del techo con agua mientras Inma me pregunta si me veo reflejado en ellas, como insinuando que son culpa mía, que las provoco yo.
Salgo de casa con Eva y me lleva a dar una vuelta, llegamos a un túnel de tren. Sin vías, pero con carriles para coches. Es inmenso de ancho, en su salida se ven árboles, oscuros, sombríos, gigantes, terroríficos. Luz roja entre ellos. Parece un infierno. Eva me dice que siempre le ha dado mucho mal rollo ese túnel, le digo que investiguemos. Ponemos unas estructuras cuadradas, planas, de metal, como rejas en uno de los carriles, para que nos avisen si viene el tren. Y nos metemos dentro del túnel. Entonces empiezan a entrar coches antiguos, esquivando las estructuras. Eva sale para ponerse fuera del túnel y avisar a los coches de no pasar por ahí. Entonces uno de los árboles gigantes, me agarra, me eleva en el aire. Intento gritar, intento llamar a Eva, intento silbarla… no consigo nada. Ansiedad, terror, ahogo, pavor. No puedo hacer nada. No puedo respirar. Entonces veo que Eva viene con amigos. Me noto salvado.

Entonces me he despertado con la boca abierta, sin poder respirar ni gritar. Ahogado. Todo en un segundo. De repente, vuelvo a respirar después de un grito ahogado. Corazón a mil, miedo, unos ojos me miran. Salgo de la habitación, busco algo en lo que y con lo que escribir. Encuentro una libreta y un boli (te he arrancado 2 hojas) me voy al lavabo y allí escribo todo lo que recuerdo. Casi lloro.

Te necesito. Vuelvo a la cama. Intento abrazarte. No puedo. No porque no quiera sino por no molestar. Ojalá hubieras estado despierto para tranquilizarme. Pero tu respiración y el saber que estabas ahí han hecho el mismo efecto.

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