viernes, 11 de julio de 2008

el segundo invitado

Diez días habían pasado desde aquella noche en la que un infortunio había hecho cambiar el rumbo de los acontecimientos. Por supuesto, nadie era consciente todavía de este pequeño gran giro argumental.

La vida en la pequeña aldea transcurría como de costumbre. Sus martes de mercado seguían siendo ruidosos y dinámicos. Sus domingos en la iglesia, tranquilos y apacibles. Sus paseos al atardecer y sus idas y venidas a la gran ciudad seguían siendo, como desde hacía años, parte de la rutina de cada día.

Poco a poco los días se iban haciendo más cortos, pues el otoño estaba muriendo y daba paso al invierno, que aquel año se adivinaba más frío que de costumbre.
Aquel día había amanecido con negras nubes de tormenta en el horizonte. Un viento frío recorría las calles y la gente iba de un lado a otro con prisas, sin prestar demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor. Quizás si se hubieran fijado un poco más, se habrían dado cuenta que otra extraña figura, envuelta en una capa marrón había llegado a la ciudad a mediodía. Con paso lento pero seguro, se había dirigido directamente a la antigua posada, donde había pedido alojamiento y se había instalado discretamente en la última habitación del último piso. Esa habitación, una pequeña buhardilla, tenía una ventana que daba directamente a la plaza, donde se veía la iglesia y el mercado, el centro neurálgico de la aldea.

Pausadamente había desempaquetado sus cosas. Una vieja maleta del color de la arena del desierto que contenía sus ropas, y un pequeño tubo metálico, como un carcaj de flechas, que contenía un extraño aparato que, montado, parecía un molino de viento.
Cada una de sus aspas terminaba en una pequeña bola de oro con una piedra preciosa en el centro. Era un detector de oscuridad.
El extraño se disponía a pasar unos días en aquella habitación observando lo que pasaba en las calles de la pequeña aldea.

Aquella noche, nuestro gato había estado cazando ratones a la luz de la luna llena. Mientras acechaba a una de sus presas percibió un movimiento detrás de él. Al darse la vuelta, sólo vio una sombra en el suelo que se deslizaba hacia la plaza.

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